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Enrique Rico Sánchez 1942-2011

Perteneció al grupo del Centro de Arte Moderno, que encabezaba el ingeniero Miguel Aldana, y fue de los impulsores del arte abstracto en la entidad, junto a Ramiro Torreblanca, Héctor Navarro, Lázaro Julián y el propio Aldana Mijares, entre otros.

Nació el 15 de agosto de 1942 en el barrio de San Antonio, en Guadalajara. Su inquietud por la escultura nació cuando cursaba la escuela primaria, donde hacía pequeñas figuras de plastilina.

Uno de los asuntos que él mismo consideró determinante para descubrir sus “gustos y habilidades” fue el del circo, cuando tenía 12 años. “Un tema en particular que nunca se me ha olvidado es el del circo. Me acuerdo que varios amigos y yo nos colamos, pues no teníamos dinero, y ahí me impactó la trapecista, me pareció preciosa con sus piernotas; considero que fue una experiencia erótica. Recuerdo todavía muy bien su nombre, se llamaba La Gran Celeste”


Cuando Rico tenía 14 años se mudó al barrio un muchacho mayor que él llamado Alfredo Peña, quien fue determinante para motivar a Enrique a cursar la carrera en artes, pues lo animó a inscribirse en la escuela de escultura y pintura al aire libre que se encontraba en el parque Agua Azul. Enrique Rico ignoraba que existieran las escuelas de artes. “A mi amigo Alfredo lo llevaba su mamá de paseo los domingos al Agua Azul, y se dio cuenta de que daban clases de pintura y escultura, por lo que me motivó a que me inscribiera; yo ni siquiera sabía que había escuelas de arte”.

En esta escuela o taller popular que se llamaba Jardín del Arte y que funcionaba solamente los domingos, impartían los cursos algunos maestros y alumnos avanzados de la Escuela de Artes Plásticas. “Daban clases de dibujo el maestro Jesús Mata, de pintura el alumno Ángel Medina y de modelado los alumnos Rafael Zamarripa y Emilio Pulido”. Estos últimos reconocieron el talento de Rico y le informaron que había una escuela de artes con enseñanza formal a la que podía inscribirse. Así pues, se inscribió como alumno regular en la Escuela de Artes Plásticas en 1964.

Siendo alumno de Miguel Miramontes, comenzó a trabajar como su aprendiz particular en el taller provisional que tenía en la misma escuela; después, cuando el maestro se cambió a su propio taller, ubicado en la avenida Ávila Camacho, siguió como su ayudante. Ahí mismo Rico elaboró en la fachada una celosía muy original. Recordaba aquella etapa con gratitud.

“Con Miramontes trabajé cuatro años, aprendí mucho, pues es un escultor muy informado, muy conocedor del oficio; tenía una gran visión para el arte académico.”

Después llegó el artista francés Olivier Seguin a la Escuela de Artes Plásticas y siguió con él su aprendizaje. “Con Seguin fue todo un descubrimiento de tendencias más innovadoras e importantes; desafortunadamente sólo duró dos años porque se fue a trabajar a la UNAM”, recuerda Rico.

Después Estanislao Contreras llegó a suplir a Olivier Seguin. Rico colaboró con Estanislao en un primer trabajo de escultura urbana: “Le ayudé a hacer La niña y la paloma (que se encuentra en el parque Agua Azul). Fue la primera vez que realicé un trabajo con una encuerada; esto me impactó”.

Enrique Rico consideraba que las generaciones de estudiantes de la Escuela de Artes en los años sesenta y principios de los setenta surgieron de la tutela de dos artistas que fueron determinantes en el cambio de rumbo de la enseñanza en esa institución: Francisco Rodríguez Caracalla y Olivier Seguin.

Para Enrique Rico las enseñanzas de Caracalla fueron muy importantes: “Él nos enseñó estilos que aquí no se conocían; nos confirmó los principios de composición de los que sólo teníamos información muy vaga”. Tanto Caracalla como Seguin, a decir de Rico, hicieron posible una evolución estilística en la escuela de artes; a esto lo considera como un “movimiento artístico”.

Este “movimiento” fue el arte abstracto, que para el contexto social en general, que estaba acostumbrado al figurativismo, y para una ciudad que no tenía una tradición de arte moderno, irrumpió como una amenaza. “No asimilaban el arte moderno, lo consideraban sin fundamento alguno; hubo inclusive quien decía que el arte abstracto era demoniaco”.

Desde su posición como artista abstracto, se refería así al consumo social de la escultura: “Siempre hay gente que sí la quiere (la obra abstracta). Inclusive yo, en mis primeras exposiciones de finales de los sesenta y principios de los setenta, llegué a vender hasta 90% de la obra”. Sin embargo, “la obra escultórica moderna casi no se difunde, pues el gobierno sigue viendo el arte con una óptica muy oficialista, no hay quien impulse obras que sean innovadoras”.

A pesar de haber incursionado con bastante éxito en la pintura, la intención primera de Rico fue la escultura: “Siempre fui escultor; desde que yo me acuerdo pinto, pero ha sido más fuerte la expresión escultórica”.

Parte de su argumento es su éxito comercial, que lo llevó a realizar durante sus años de estudiante gran cantidad de obra, en la que desarrollaba una personal combinación de escultura y pintura: “Mis mezclas de técnicas fueron muy afortunadas; vendía todo, eso me impulsó mucho a seguir con mi trabajo. Además, había más movimiento, más entusiasmo entre los estudiantes de esa época; vivíamos prácticamente en la escuela”.

Agrega: “En mi época de estudiante había otra dinámica, ahora los estudiantes tienen menos interés por aprender”.

En 1968, cuando Rico trabajaba con el maestro Miguel Miramontes, la dirección de obras públicas del Ayuntamiento de Guadalajara lanzó una convocatoria para la realización de una escultura conmemorativa alusiva a los Juegos Olímpicos que se celebrarían en México. Miramontes participó con un proyecto muy dentro de su estilo indigenista, que representaba a un indio brincando sobre una planta de maguey.

El mismo Miramontes le propuso a Rico que participara haciendo una propuesta, y éste, sin considerar que podría ganar el concurso, hizo un proyecto. “Comencé a dibujar para la olimpiada. Pensé que las olimpiadas se relacionan con una idea por la paz, y un símbolo de la paz es la paloma; los juegos están representados por los cinco continentes que se reúnen, y también existe el fuego olímpico; así que manejé todo esto simbólicamente”.

Rico hizo varios dibujos con estos símbolos y se los mostró a Miramontes. “Oye –le dijo el maestro–, tus dibujos están buenos; por qué no haces una maqueta tridimensional”. Elaboró una maqueta y la llevó junto con el maestro a la sala de juntas del Ayuntamiento, en donde se encontraban una veintena de maquetas más. Cuando el jurado se reunió con el arquitecto Daniel Vázquez Aguilar, jefe de obras públicas, y el entonces alcalde, Efraín Urzúa Macías, para revisar las propuestas; el alcalde expresó: “Esta sí me gusta”. Miramontes lo animó diciéndole: “Tú la vas a hacer”. Días después le notificaron que su proyecto había sido elegido

“Miramontes, que siempre fue muy generoso, me ayudó a hacer el contrato, pues yo no sabía cómo hacerlo. Después, recuerdo muy bien, me mandó a un escritorio público para que me lo transcribieran. La fuente se realizó en concreto, y tardé aproximadamente dos meses en terminarla”, dijo al respecto.

Rico realizó escultura desde 1965. Su obra abstracta demuestra un dominio de las formas con una gran simplicidad formal, resultado de una facultad de síntesis y lirismo de trazo refinado. En la combinación de los materiales que utiliza para la ejecución de sus obras existe una afortunada mezcla de excelente factura.

En 1999 se tituló como licenciado en artes visuales, y fue profesor de escultura en el Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño a partir de 1997. Un grupo de alumnos particulares trabajaba en su taller, donde él hacía su obra escultórica y pictórica. También realizó obra urbana en varias ciudades de la República, entre ellas Monterrey y la Ciudad de México.

Al momento de su deceso, Rico Sánchez gozaba de un año sabático y trabajaba en un proyecto especial para la Universidad de Guadalajara, así como en una exposición que presentaría en abril.*




 

*Del Proceso Jalisco un perfil del maestro en el que se recuperan, con permiso de la escultora Dolores Ortiz, fragmentos de una entrevista que ella le hizo en 2004 y que forma parte de su tesis de maestría, aún inédita.