Prina Guro
Juan José Millás
La
contemporaneidad tiende un poco hacia el signo vacío, descarnado, escuálido.
Las artes plásticas representan muy bien esta inclinación, así que a veces
acude uno a exposiciones cuyo mayor mérito es que no tienen nada expuesto. Te
asomas a un marco, por ejemplo, en cuyo interior debería habitar un significado
y no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera un poco de horror vacui para
erizarnos el cabello. Hacer esto con las palabras es más difícil, porque no
cuela. Si uno escribiera, por ejemplo: "Vengosi utara unatipodras soto",
y lo intentara hacer pasar por un poema, tendría problemas con el editor.
-Pero ¿qué es lo que has querido decir?
-Pues eso, que vengosi utara unatipodras soto.
-Ya, ya, pero a qué público te diriges.
-A un lector no convencional, desde luego, dispuesto a pelearse con los
estereotipos.
-Pues me parece que yo no puedo publicártelo.
En otras formas de expresión, incluida la política, la vacuidad tiene un
prestigio enorme. Pensemos, por ejemplo, en la iniciativa municipal y espesa de
reproducir el zulo de Ortega Lara en un local cedido por el propio Álvarez del
Manzano. Si la obscenidad hubiera cuajado, que afortunadamente no, la gente
habría hecho cola para asomarse a un agujero donde no se vería nada, a
excepción del hueco. No podemos saber si habría tenido éxito, quizá sí, tal
como están las cosas. El cartón piedra, tan antiguo, puede acabar sustituyendo
al plástico en las preferencias mentales del público, de ahí que las
televisiones se peleen por retransmitir en diferido el caso Arny, que es lo más
parecido a una falla valenciana. Los matrimonios se quedan cada noche hasta las
tantas y se acuestan sin haber visto nada, pero se trata de una nada morbosa,
ahí está el secreto. El telespectador obtendría la misma información si saliera
un señor diciéndole a su mujer:
-Caspato unceto veladicara proma.
Y ella respondiera:
-Trifusa vosa periginoso calla.
Y se acostaran tan felices.
-¿Qué han dicho?
-No sé, es ese matrimonio que sale todas las noches antes del cierre. Creí que
era una alucinación mía, pero ya veo que no. Se me ha quitado un peso de
encima.
Es lo que le pasó a más de uno cuando vio al alcalde en los telediarios de
todas las cadenas ("¡vivan las caenas!") comparando el zulo con las
pirámides de Egipto.
-Pero ¿qué dice ese individuo?
-Que quienes critican la reproducción del zulo no saben que las pirámides son
monumentos funerarios.
-¿Y estás segura de que es el alcalde de Madrid? ¿No será uno de esos que se
disfrazan para llamar la atención en lo del Arny?
-Que no, que es él.
-Pues casi habría preferido que dijera lo de trifusa vosa periginoso calla.
-¿Y eso qué significa?
-Nada.
-Pues para decir nada lo mismo da.
-No sé. Hay vacíos mentales que duelen más que otros.
En efecto, algunos electroencefalogramas planos son muy agresivos, lo mismo que
determinadas expresiones plásticas, que aunque no expresan nada te cabrean
porque sales de la galería de arte con la sensación de haberte contagiado de
una enfermedad desrealizadora. Uno sólo vio la reproducción del zulo (o de la
pirámide, para no disgustar al señor Álvarez) por la tele, pero después de que
la destruyeran por orden del sentido común, se le trasladó al encéfalo, y desde
entonces percibe en el cerebro un agujero tipo vaca loca por donde se mueve el
alcalde en plan termita destrozándole las terminaciones nerviosas. Se quedó
insatisfecho el hombre con los túneles de la plaza de Oriente, donde, sin
embargo, acabó con el sistema muscular de la historia de Madrid; es insaciable.
No sabe uno adónde vamos a llegar, pero tampoco se preocupen demasiado, porque,
en última instancia, donde no prina guro, alicatado boro.
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