Plagio, fusil!

Periódico: Reforma

Por: Yishai Jusidman

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

El 28 de enero Francisca Rivero Lake publicó una nota en esta sección donde delata las sorprendentes similitudes entre ciertas pinturas recientemente expuestas del mexicano Ricardo Porrero y la obra en la colección Saatchi de la irlandesa Joanna Price. Después de sugerir que se trata de un flagrante plagio por parte del mexicano, Rivero Lake termina achacándole al medio del arte contemporáneo local, incluyendo la crítica, el que este tipo de fraudes pasen inadvertidos, instigación que merece eco en esta columna.

Como Rivero Lake, también lamento los conformismos y autoindulgencias que mantienen al arte contemporáneo mexicano en estado de eterna gestación, de promesa que nunca termina por cumplirse. La imputación de plagio plástico hecha por Rivero Lake, sin embargo, debe refinarse, pues, llanamente, el plagio plástico dentro del medio artístico no existe. Veamos por qué.

En el ámbito comercial, un plagio ocurre cuando se lucra con la creación ajena sin la acreditación requerida (el plagio es comprobable cuando existe registro o patente previo). El arte no es inmune a este tipo de delitos. En un caso controvertido, el afamado Jeff Koons tuvo que pagar varios millones de dólares al autor de una tarjeta postal cuya imagen fue utilizada por Koons para su escultura Cadena de cachorritos (1988). En otro caso similar, Dennis Oppenheim tuvo que destruir una escultura pública que utilizaba sin autorización personajes de Disney.

Pero, ojo, cuando en los ochenta Sherrie Levine presentaba sus fotografías de fotografías de Rodchenko, y Mike Bidlo exhibía sus Pollocks caseros, no se habló de plagio sino de "apropiación". El argumento que los justifica sostiene que la copia se convierte en un nuevo original gracias al acto consciente de recontextualización efectuado tanto por parte del artista como del público. Más allá de cuánto uno aprecie estas obras, a partir de ellas no es posible ya identificar el sentido estético de una obra plástica meramente con su imagen.

Esto ya había sido planteado por Richard Wollheim en Art and its objects (1968). Wollheim divide los productos artísticos entre individuos (obras que se identifican con su objetualidad física; las artes plásticas) y tipos. (obras que se materializan como instancias de un registro conciertos, representaciones dramáticas, proyecciones cinematográficas). Una pintura, entonces, puede copiarse y falsificarse, pero no se puede repetir, pues al "repetirse" se convierte, por necesidad ontológica, en una nueva obra.

Añadamos a lo anterior, aludiendo a Languajes of Art (1968) de Nelson Goodman, que las obras plásticas son "sintácticamente repletas", es decir, que su significado se deriva de la conjunción simultánea de sus partes, lo cual es más que la mera suma de ellas. Entonces, mientras una melodía o una trama dramática puede ser plagiada por creadores deshonestos, al extraer elementos pictóricos de obras existentes un pintor no plagia, pues es la totalidad de las relaciones internas de la obra plástica la que encarna su particular e irrepetible significado, y, fuera de esa totalidad, los elementos extraídos simplemente se reconformarán para contribuir al particular e irrepetible significado de su nuevo entorno.

Ahora bien, si Porrero no plagió a Price...¿qué fue lo que hizo? Obviamente no se trata de falsificación, de copia, de apropiación ni de referencia a Price. Ninguna de estas categorías se ajusta al caso. Podríamos decir que, como Sergio Hernández deriva de Francisco Toledo, a lo mejor Price está ya haciendo escuela y Porrero es su primer seguidor. Pero esto tampoco tiene mucho sentido. Nos hace falta una categoría que defina el asunto, y propongo llamarle oficialmente el fusil.

Como el plagio entre las artes-tipo, el fusil ocupa la zona demarcada entre copiar y ser influido, entre la apropiación y la referencia. Pero mientras quien plagia pretende presentarse al público como un original (y no es inusual que personajes reconocidos plagien a novatos talentosos), el fusilador sólo aspira a ser percibido como miembro de un grupo exclusivo. Es decir, el fusilador no busca sobresalir sino pertenecer. Así, al fusilarse a Price, Porrero no busca destacar, sino simplemente ser considerado contemporáneo.

El predominio de fusiles en nuestro medio artístico es sintomático de su provincialismo. Incluso entre los más jóvenes y prometedores internacionalistas el fusil es un arma ampliamente utilizada. Este mes podemos encontrar en nuestras mejores galerías el fusil de la pintora rebelde Sue Williams por parte de Daniel Guzmán, el fusil de la brasileña Jac Lerner por parte de Ulises Mora y el fusil del setentero Michael Asher por parte de Stefan Brügeman.

El desencubrimiento de un plagio descalifica de inmediato al culpable, pero el de un fusil no. Pues si bien es hoy claro que Villalpando se fusiló composiciones de Rubens y que Goeritz se fusiló a Lucio Fontana, ello no afecta demasiado sus reputaciones. Quizás esto se deba a que, dadas las ya señaladas condiciones ontológicas y discursivas de la obra plástica, el fusil es como sea una obra diferente a su modelo. Sin embargo, el fusil nunca remontará su condición servil.

Para terminar, le propongo a la curadora Rivero Lake que, más allá de alarmarse por "el poco saber y la falta de crítica" de nuestro medio, intente ayudar a nutrir su credibilidad. Como sugerencia, emprenda el proyecto de investigación Fusiles mexicanos y háganos saber los resultados. Seguramente algo nos ayudaría su esfuerzo.

Derechos Reservados; Consorcio Interamericano de Comunicación, S.A. de C.V., Derecho de Autor 2229-93. Aviso Legal

 

                                                                                                                                             volver

 

                          ¡